Mi comentario es un esbozo general de lo que se perfila en nuestra relación con los vecinos del norte. Sin pretender ser alarmistas, es una realidad que nuestra sociedad con América del Norte está en pausa con la llegada de un presidente proteccionista, populista y demagogo, quien intenta evitar que su buque se estrelle contra el monumental iceberg llamado China.
No hace falta aclarar que el problema hegemónico global que enfrenta una nación nacida para controlarlo todo está en su peor momento, una crisis provocada por ellos mismos y en la que intentan arrastrar al resto del mundo.
México ha intentado ser solidario y participativo en muchos sentidos para evitar esta situación. La política de fortalecer el mercado del norte mediante nuestro tratado de libre comercio y sumar al resto de las Américas ha entrado en pausa con la llegada del presidente número 47 a la Unión Americana. Con su peculiar manera de negociar, ha dado un manotazo sobre la mesa.
Su política actual se basa en cumplir sus promesas de campaña, aquellas que le dieron el poder en 2024. Se debe a sus electores y ahora es momento de cumplirles. Sin embargo, considero que esta no es la mejor manera de afrontar su problema de geopolítica ni de mantener su hegemonía mundial. En este intento, está por quedarse solo, en conflicto incluso con sus más cercanos aliados. No me refiero a los serviles, que parecen más colonias que otra cosa, sino a sus principales socios estratégicos, con quienes podría dar una “batalla” más frontal.
La tradicional política de imposición de EE.UU. sobre los más débiles se hace presente nuevamente. Esta estrategia busca un nuevo orden mundial, pero ante los ojos del mundo, queda cada vez más claro que el sistema económico del que venimos saliendo no fue la solución. Solo generó una mayor acumulación de riqueza para los dueños del capital y más pobreza para la mayoría de la población, una brecha en la escala social muy pronunciada.
La capacidad de comunicación en tiempo real nos permite comprender lo que está ocurriendo. Por ello, será mucho más difícil para EE.UU. controlar la opinión pública sobre sus acciones para mantener su hegemonía. Algunos dirán que “hizo lo que tenía que hacer”, pero los más sensatos espero que lo vean como la peor alternativa. Una vez más, dejarán atrás un desastre monumental en las sociedades de los países afectados. A la postre, esto le pasará una factura enorme, pues EE.UU. se habrá convertido en un socio poco confiable, con el que nadie querrá hacer negocios. Con una orden ejecutiva, puede eliminar de un tajo cualquier acuerdo, generando un entorno de incertidumbre. A las empresas no les gusta operar en ambientes volátiles, donde todo puede cambiar a voluntad de un “tirano”. La historia habla, pues nos es menester recordar las palabras de Henry Kissinger, ex secretario de estado que estableció que su política estaba basada en intereses más que amistades genuinas.
Con este tipo de maniobras, EE.UU. está perdiendo credibilidad y, de manera engañosa, trata de justificar sus acciones culpando a otros. Sin embargo, es evidente que se están derrumbando por sí mismos. Su política los llevará al aislamiento, confiando solo en su mercado interno. ¡Suerte con ello!. Lo cierto es que al mundo le están dando la espalda, al menos en lo público. En estos tiempos, la congruencia es esencial para conservar la credibilidad, y ellos no están siendo congruentes en el discurso de motivadores.
Creo que la lección más importante es: nunca confiar en el abusador, porque tarde o temprano podrías ser su víctima. A aquellos que aún ven en EE.UU. un modelo de perfección, espero que abran los ojos y se den cuenta de que solo es un reflejo brillante en un espejo. No les importa lo que suceda fuera de sus fronteras, ni siquiera dentro de ellas; basta con mirar la situación en ciudades como Filadelfia. Con ellos, serás amigo mientras les des algo a cambio, una relación similar a “venderle el alma al diablo”, y ya sabemos que en esa historia el diablo siempre es poco confiable, amén de que tu destino es ¡quedarte desalmado¡, en el mejor de los casos. Ante la guerra comercial declarada desde el norte, como sociedad, debemos fortalecer nuestra propia economía por el bien de todos. México es una nación predestinada a la grandeza. Nuestra política, que aplaudo, ha sido “sí, pero no a costa de los demás”. Podemos lograrlo en unidad y ocupar el lugar que la historia nos exige. No pretendo fomentar un falso nacionalismo, sino una reflexión. Estamos viendo cómo las fronteras se cierran y no podemos quedarnos indefensos. Debemos cerrar filas ante los embates. La "maldición de Malinche" debe terminar hoy.
Propongo que, ante esta guerra comercial, respondamos con valor. La segunda economía de América Latina debe actuar con inteligencia. Sustituyamos las marcas estadounidenses por marcas nacionales o de países confiables y socios estratégicos.
Apoyemos a las empresas que generan empleos en México y compremos productos que digan:
Mientras estos productos ofrezcan mayor valor en la cadena de suministro en nuestro país, la estrategia de aranceles de EE.UU., que busca desindustrializarnos, tendrá el efecto contrario: conservaremos empleos y generaremos nuevas oportunidades para nuestros paisanos que regresen al país.
Muchos emigraron porque México les negó la posibilidad de mejorar su calidad de vida. Que el México al que regresen sea el de las oportunidades.
No entraré en cuestiones de políticas públicas, pero espero que quienes nos gobiernan estén leyendo correctamente los sucesos y actuando en consecuencia. De no ser así... ¡que el pueblo se los demande!
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